¿Mentes animales?

Los humanos, en general, mostramos una actitud férrea para distinguirnos de otros animales. Habitualmente, identificamos y proponemos características que son propias de nuestra especie, y que por encontrarse únicamente en nosotros ─aparentemente─, nos pondrían por encima de otros animales en cuanto a nuestro valor moral. Para este propósito se han sugerido muchas, incluyendo: el uso de herramientas, tener lazos familiares, generar una cultura, resolver problemas sociales, iniciar guerras, tener sexo por placer, utilizar el lenguaje (Gruen, 2002) y poseer mente. Abordaremos la última en este espacio, centrándonos en los argumentos que se han desarrollado para considerar la presencia de dicha propiedad en animales no humanos.  Nos parece importante recordar que la consciencia y la mente son temas muy complejos por lo que esta entrada es solamente una aproximación enfocada en el debate que hay al respecto en animales no humanos. Este no será el espacio para abordar las teorías sobre la mente que se han propuesto ni las soluciones que se han planteado al problema mente-cerebro.

Se niega la existencia de la mente en animales no humanos alegando que estos: no poseen estados mentales, carecen de los tipos de estados mentales que posibilitan tener mente o bien reconocen que, aunque tienen ciertos estados mentales, estos no están organizados de tal manera que soporte la existencia de una mente (Carruthers, 2013). También se dice que para que alguien posea mente, debe utilizar el lenguaje y poder comunicarse con otros individuos que utilicen el mismo lenguaje. Es decir, ese alguien debe ser capaz de expresar sus pensamientos a través del discurso (hablar, escribir, etc.). Pero si este es el criterio que se utiliza para determinar la consideración moral, entonces ni los infantes ni las personas con afasias importarían moralmente (Carruthers, 2007). Y lo cierto es que en la práctica no consideramos que los niños que no han comenzado a hablar o las personas con trastornos del habla merezcan ser excluidos de nuestra consideración moral. Los motivos para justificar una discriminación arbitraria con los miembros de otras especies, aún y cuando otros humanos tampoco cuentan con esas características o las poseen en menor medida que otros los hemos abordado acá y acá.

Aunque esta negativa a reconocer que animales de otras especies también poseen mentes puede ser desconcertante, no debería sorprendernos, pues existen personas que incluso cuestionan la existencia de la mente en humanos (Baum, 2017; Chiesa, 1994; Skinner, 1986). A pesar de esto,  la mente puede ser entendida como una propiedad real que emerge del funcionamiento cerebral (Cauchoix y Chainel, 2016; Goñi-Sáez y Tirapu-Ustárroz, 2016; Llinás, 2002). Y así es como será considerada por nosotros a lo largo de lo que acá expondremos.

¿Por qué es un tema de interés para el debate de los derechos animales y la ética animal?

Los reclamos éticos para la consideración moral de los animales no humanos tienden a apelar ─pero no se limitan exclusivamente─ a los hallazgos científicos para darles mayor peso (Allen, 2006). Así, de acuerdo con Rowlands (2009) la defensa de la consideración moral de otros animales, requiere que éstos tengan al menos algún tipo de estado mental (que pueden ser deseos, preferencias e intenciones, u otros) o de consciencia. Y Francescotti (2007), por otro lado,  nos dice que las preguntas sobre la mente y la sintiencia en otros animales tienen repercusiones éticas en nuestra relación con ellos. Dennett (2000) señala que ser parte de la clase de individuos que tienen mente parece otorgar a sus poseedores cierta categoría moral porque solo los que poseen mente les importa y preocupa lo que les ocurre. Por lo tanto, ser reacios al reconocer la mente, es decir, no tomar en consideración o bien rebajar o negar la experiencia de un animal que si tiene mente, sería algo terrible (Dennett, 2000).

Parece que el consumo de animales, específicamente de carne, y el que estos sean categorizados como “comida”  tiene cierta influencia en la actitud de muchas personas para negar que poseen mente (Bratanova, Loughnan, y Brock Bastian, 2011; Loughnan, Haslam, y Bastian, 2010; Rothgerber, 2014). No sería de extrañar que esta misma actitud se encontrara en otras formas de explotación animal. Reconocer que los animales utilizados para consumo tienen mentes y que esto les otorga valor moral, entra en conflicto con los usos de animales para nuestro consumo (Bastian, Loughnan, Haslam, y Radke, 2012), precisamente porque negar que son conscientes o que poseen mente justificaría que sean utilizados para propósitos instrumentales (Kozak, Marsh, y Wegner, 2006; Regan, 1997) como usarlos para actividades deportivas, alimentación, transporte, etc. Además, hace ver el daño que se les causa como menos serio (Bastian et al., 2012).

Luego, es una cuestión relevante por varios motivos: ya sean indirectos: cuestionar muchas creencias antropocéntricas sobre nuestra supuesta naturaleza única (Thornton, Clayton, y Grodzinsk, 2012); o bien, directos: señalar que otros animales también tienen características que son moralmente relevantes y suficientes para que atendamos a las razones que justifican respetarlos y dejar de participar en su explotación. Aunque claro, no quiere decir que por explicar que existen buenas razones para hablar de mentes en otros animales, estos automáticamente serán considerados moralmente. Podemos ver cómo, incluso en humanos donde el consenso es más claro, siguen perpetuándose toda clase de acciones que atentan contra su vida.

¿Qué es la mente?

Esta es una pregunta que no puede ser respondida con facilidad; y sería muy presuntuoso  intentar brindar una definición tajante. Nuestra intención acá es recopilar ciertas formas propuestas de entender el concepto.  Para algunos, la cognición y la mente son conceptos sinónimos que, para su estudio, se divide en una serie de procesos cognitivos (atención, memoria, percepción, razonamiento, etc.), cada uno con un papel en el procesamiento de la información y facilita que nos comportemos de formas que sean apropiadas a las situaciones ambientales que se nos presenten (Cauchoix y Chainel, 2016) (como no cruzar la calle si vemos que un automóvil se aproxima rápidamente). Para Montecucco (2015), por ejemplo, es la capacidad cognitiva que permite procesar (percibir, analizar, combinar, categorizar, seleccionar, transmitir, abstraer, evaluar, etc.) información.

También se considera que la mente implica tener deseos, experiencias, preferencias, intenciones y creencias; entendiendo estas últimas como representaciones internas de las cualidades que percibimos del mundo (Thomas, 2016). Este tipo de explicaciones están muy relacionadas con lo que se conoce como psicología folk o psicología popular, término usado para diferenciarlas de la psicología científica; y referida como una práctica común que nos permite atribuir estados psicológicos a otros, y así ayudarnos a anticipar sus acciones  (Weiskopf y Adams, 2015). Aunque anteriormente se creía que los animales de otras especies no podían tener deseos, preferencias o conceptos, ahora se ha comenzado a cuestionar dicha suposición (Bermúdez, 2007; Griffin y Speck, 2004; Howard, Avarguès-Weber, Garcia, y Dyer, 2017; Jamieson, 1998; Lurz, 2009; Marino, 2017; Saidel, 2009; Shettleworth, 2010b). Por otro lado, de acuerdo con Llinás (2002), la mente es solo uno de los estados que son generados por el cerebro. Los estados mentales conscientes, según este autor, generan imágenes cognitivas y sensomotoras, incluyendo la autoconciencia. Estas imágenes a las que hace referencia son muy importantes porque permiten producir estados que facilitan la realización de conductas, y ayudan al organismo a interactuar de forma adecuada con su ambiente, incluyendo la anticipación de acciones. Para Damasio (2010) la mente consciente requiere de estados de vigilia y de imágenes, entendidas como objetos externos (calles, bosques, montañas, otros animales…) o internos (sensaciones del cuerpo, por ejemplo) que pueden presentarse de distintas formas sensoriales (olfativas, auditivas, visuales, entre otros).

Hay quienes consideran la mente como una propiedad general que alberga la consciencia (Vithoulkas y Muresanu, 2014). La consciencia, por cierto, ha sido clasificada de muchas maneras; una de ellas incluye la consciencia sensorial (Bayne, Cleeremans, y Wilken, 2014; Feinberg y Mallat, 2016). Otros autores consideran que la mente es una cualidad de la consciencia (Montecucco, 2015), es decir, que en la consciencia reside la mente. La consciencia sensorial, en los debates sobre derechos animales y ética animal, se acostumbra proponer como característica relevante para ser considerado moralmente (Balcombe, 2009; Jones, 2013; Rowlands, 2009; Torres, 2014).  Aunque el estudio de la cognición en otros animales arroja hallazgos asombrosos que desafían la creencia errónea de que muchas capacidades cognitivas son exclusivamente humanas, estos descubrimientos no deberían distraernos de la cuestión sobre la importancia de la sintiencia como criterio para la consideración moral de otros animales, ni llevarnos a creer que su sofisticación es lo que importa. De hecho, algunos han debatido sobre el grado de capacidades cognitivas señalando que es un criterio arbitrario y con ciertas contradicciones que debilitan su fuerza como argumento (Altmann, 2016; Dombrowski, 2006; Pluhar, 1987; Singer, 2009; Tanner, 2006, 2009).

Por lo anterior, una aclaración es importante: dado que las distintas capacidades cognitivas pueden presentarse en mayor o menor medida, o del todo no presentarse en animales de otras especies, no consideramos que el valor moral de un individuo descanse en esas capacidades, sino en la sintiencia (Francione, 2009) y que, en casos en los que no está del todo claro si otros animales la poseen o no puesto que la evidencia con la que contamos es limitada, lo mejor es ser cautos y errar en favor de la misma, incluyéndolos en nuestro círculo de consideración moral (Thomas, 2016). Dicho esto, a nuestro lector puede parecerle contradictorio que dediquemos una entrada para examinar los argumentos a favor de la existencia de la mente en otros animales al mismo tiempo que decimos que la mente no es lo relevante para respetarlos; pero baste recordar lo que  hemos señalado previamente: la mente es una propiedad que parece estar muy relacionada con la consciencia, y ésta última incluye la consciencia sensorial o sintiencia.  

Argumentos para justificar la existencia de mentes en animales no humanos

Las interrogantes sobre el problema de la mente de otros animales forman parte de una pregunta más general que tiene que ver con el hecho de si los demás tienen mente. El razonamiento de esta pregunta es más o menos el que sigue: nuestras mentes son privadas y no pueden ser directamente observadas por otras personas, por lo que no tenemos acceso a esas mentes; solamente a la nuestra. Y por ello, en otros individuos únicamente podemos considerar que tienen mente infiriéndolo a partir de ver cómo se comportan (Harnard, 2016). Por supuesto, habrá quienes cuestionen si estas inferencias son legítimas. Todo esto tiene que ver con lo que se conoce como solipsismo: la idea de que lo que existe más allá de nuestro propio yo es simplemente producto de la imaginación (Kleem, 2011). Una postura radical, sin duda. También se ha argumentado que nuestras concepciones sobre la mente animal están fuertemente influenciadas por la cultura; y que hay una tendencia a “antropormofizar” a otros animales, es decir, que las atribuciones de mentes a animales no humanos son falaces porque se interpreta la conducta de estos organismos como si fueran “humanos pequeños” (Aaltola, 2010). Esta “antropomorfización”, se dice, no es propia de ciencias serias o rigurosas (Jamieson, 1998), razón por la cual, según Griffin (1999), se ha establecido como un error grave que los científicos deben evitar a cualquier costo.

Ahora bien, Andrews (2015) señala que se han propuesto varios argumentos para dar solución al problema de la mente en miembros de otras especies. Estos son: 1) por analogía, 2) continuidad o parsimonia evolutiva, 3) argumento a la mejor explicación. Revisaremos cada uno de ellos a continuación.

  • Argumentos por analogía

Este argumento sigue la forma de:

  1. Yo tengo mente y ciertas propiedades M (por ejemplo, memoria, percepción, razonamiento)
  2. Otros humanos también tienen estas propiedades M
  3. Por lo tanto, otros humanos probablemente posean una mente

Andrews nos dice que este no es un argumento deductivamente válido y un argumento inductivo  débil porque la clase de referencia la constituye una sola entidad (o sea, únicamente estoy tomando como punto de referencia a mí mismo. Hay una versión más fuerte en la que se añade un argumento complementario a favor de propiedad particular M. Por ejemplo, una de mis propiedades es que mi color de ojos es verde. Pero usar mi color de ojos como este conjunto de propiedades M es muy problemático porque no parece ser que el color de ojos tenga algo que ver con la posesión de una mente. Esta versión se refiere al argumento por analogía de mente en humanos. Pero ¿Qué pasa con su versión en mentes animales?

En esta otra versión, el argumento se presenta de la siguiente manera:

  1. Todos los humanos que tienen mentes también tienen un conjunto de propiedades M (por ejemplo, capacidad de aprendizaje)
  2. Los individuos de la especie A (zorros, por ejemplo) tienen un conjunto de propiedades M
  3. Por lo tanto, los individuos de la especie A probablemente tienen mentes

Según Andrews, esta versión es más fuerte que la anterior porque  tiene más de seis billones de entidades en la clase de referencia (humanos) y porque se apoya en el argumento complementario acerca de qué debería contar como las propiedades de referencia M; como resolver problemas, utilizar el lenguaje, conductas como esconderse de depredadores, etc. Pero este argumento parece asumir que hay unas propiedades M esenciales para la existencia de la mente, y esta podría ser una postura imprudente ya que pueden haber otras propiedades que también sean importantes que son pasadas por alto. Este argumento se centra en las similitudes entre humanos y no humanos para justificar cómo podemos considerar que los primeros y los segundos tienen mente; pero, en muchas ocasiones, nos encontraremos con más diferencias que similitudes; diferencias que podrían desafiar su fortaleza. Por sí solo, no constituye una buena justificación para la defensa de la mente animal, aunque si se toma como un argumento más y se acompaña con otros, puede ofrecer buenas razones para reconocer la mente en miembros de otras especies.

  • Argumentos basados en la continuidad o parsimonia evolutiva

A través de evidencias, Darwin mostró que los organismos se relacionan mediante ancestros comunes (Bekoff, 2010) apoyando la continuidad evolutiva entre animales (Bekoff, 2002). Por este motivo es que se ha apelado a razones evolutivas para justificar la presencia de mente y consciencia en los animales no humanos (Allen y Trestman, 2017). Este argumento se utiliza para reforzar el anterior porque del simple hecho que los humanos compartamos una propiedad M con otros animales no es suficiente para establecer que estos tienen mente; pero dicha propiedad puede ser reconocida si es apoyada por determinadas asunciones relevantes (Andrews, 2015), como las que aporta la teoría de la evolución.

De acuerdo con la continuidad evolutiva, el hecho de que exista una propiedad M que compartimos con otros animales es suficiente para establecer que esos animales poseen mente si asumimos que: compartimos un ancestro común con ellos, y que deberíamos preferir la explicación más sencilla sobre la emergencia de determinada propiedad como la más probable. Entonces, si compartimos un ancestro común y determinada propiedad M con otro animal, la explicación más parsimoniosa es que tanto este animal como nosotros tenemos mente. Aunque hay autores que se han mostrado escépticos al hecho de establecer una continuidad evolutiva entre humanos y otras especies como los chimpancés y los bonobos, por ejemplo (Causey y Bjorklund, 2016); y otros señalan que apelar a esta parsimonia puede ser problemático (Hadley, 2015).

Esta propuesta tiene sus puntos fuertes y débiles. Por un lado, parece solucionar los problemas que surgen por las diferencias que existen entre especies animales; por otro lado, levanta dudas sobre qué debería contar como las propiedades de referencia M. Otros problemas pueden estar relacionados con la determinación de qué constituye un ancestro común cercano y qué tan cercano debe ser para que pueda considerarse como válido para establecer el argumento (Andrews, 2015). A pesar de esto, la parsimonia evolutiva arroja un señalamiento interesante: las capacidades mentales no son algo de todo o nada, sino que son propiedades que vienen en grados y en una variedad de tipos distintos (Bekoff, 2002; Carruthers, 2007; Darwin, 1981; Rogers, 1997; Thomas, 2016) y que, por esta razón, tanto humanos como no humanos compartimos muchas características (Shettleworth, 2010a).

  1. Argumento a la mejor explicación

Otra forma de abordar el problema de la mente en otros animales es mediante los argumentos a la mejor explicación, también conocida como inferencia a la mejor explicación (IME) (Okasha, 2007). La IME explica que nos encontramos con una serie de hipótesis o explicaciones que “compiten” para dar cuenta de ciertos fenómenos, debemos preferir aquella que nos da la mejor explicación (Ladyman, 2002) debido a su calidad sobre otras para explicar el fenómeno que nos resulta de interés (Psillos, 2007).

Ahora bien, según este argumento, la idea de la mente en otros animales se basa en la suposición de que los tipos de conductas que muestran otros animales se explican mejor si se atribuyen a procesos cognitivos. La IME para la mente de otros animales toma la siguiente forma (Andrews, 2015):

  1. Los individuos de la especie A realizan cierto tipo de conductas B
  2. La mejor explicación científica para un individuo que realiza conductas B es que posee mente
  3. Por lo tanto, es probable que los individuos de la especie A tengan mentes

Este argumento no parece presentar los problemas que plantea el de analogía; pero si requiere mayor apoyo, especialmente la segunda premisa. Ciertas conductas se explican mejor en términos de propiedades mentales si dichas propiedades brindan mayor poder predictivo y explicativo si la comparamos con otras explicaciones posibles. Es decir, si asumimos esa explicación, podremos hacer mejores predicciones sobre lo que determinado animal realizará en situaciones futuras, y cuando esa explicación es coherente con otras cosas que se saben sobre esa especie.

4) Argumentos desde la ciencia

Lurz (2009) nos presenta un cuarto argumento para justificar la existencia de mente en otros animales. De acuerdo con este, estamos justificados en creer que los animales no humanos tienen mente basándonos en el hecho de que en varias ciencias que estudian la conducta animal, los investigadores han encontrado que es útil y, en algunos casos, indispensable, atribuir estados mentales a otros animales para sus explicaciones y predicciones de la conducta observada. Existe una versión más fuerte de este argumento que señala que estamos justificados en creer que otros animales tienen mente solo si los investigadores lo encuentran útil e indispensable en sus explicaciones y predicciones.  Debido a que al asumir que los animales tienen mente ayuda a anticipar y explicar sus conductas, de igual modo que lo permite en humanos, esto explicaría por qué existe un acuerdo en el hecho de que otros animales tienen mente (Thomas, 2016); aunque es un acuerdo que Lurz (2009) pone en duda.

Hemos tenido que omitir otros argumentos interesantes (Carruthers, 2004; Dennett, 2009). Como señalamos al principio, este es un tema complejo que no se agota en una entrada, razón por la cual lo que acá hemos expuesto ha sido un humilde esfuerzo para sintetizar algunas cuestiones relevantes, y para mostrar cómo distintos argumentos nos permiten reconocer que otros animales también se encuentran dotados de mente; cada uno de ellos, eso sí, dotados de puntos fuertes y débiles. No podemos ser ingenuos y pensar que esto zanja de una vez por todas la cuestión sobre considerar moralmente a otros animales y poder, así, dejar de participar en la explotación que viven todos los días. No. Vemos que en humanos esto no es suficiente. Para lograrlo, nos parece que es necesario cuestionar muchas ideas que hemos asumido sin más. La creencia de que los humanos somos poseedores de ciertas características que hacen que nuestra vida valga más que la de otros animales es una de ellas.

Algunos recursos de interés

Pensamos que tal vez podría ser útil dar a conocer algunas revistas y páginas que se dedican a estudiar el tema de la cognición animal:

Referencias

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