Donde vayas, haz lo que veas: explotación animal

¿Cuántas veces nos hemos percatado de que nuestros gustos musicales son muy similares a las de nuestros amigos? Probablemente, bastantes. La influencia de otros en nuestros pensamientos y comportamientos puede ser poderosa, pero, en muchos casos, sutil puesto que no implica un proceso consciente de reflexión mediante el que aceptamos tales o cuales opiniones o conductas; sino que los asumimos sin más. Y es que es difícil pensar en acciones que, de alguna manera, no se vean afectadas por la exposición a las acciones de otras personas. Desde ejemplos triviales como el que acabamos de comentar hasta situaciones más complejas, tienen un fuerte componente social que contribuye a explicar por qué nos comportamos de la manera en que lo hacemos. Nos referimos, entonces, a algo que ha sido bastante estudiado dentro de la psicología social: el fenómeno del conformismo. Por lo tanto, parece importante dedicarle cierta atención a este fenómeno ya que, después de todo, estaría influyendo en nuestra conducta, y en muchas situaciones, no estaríamos percatándonos de ello. Pero no solo eso, sino que además podemos afectar a otros individuos como resultado. Eso es precisamente lo que haremos a continuación: mostrar cómo el conformismo puede contribuir a la explicación de por qué los seres humanos continuamos explotando a otros animales. Con todo, sería prudente aclarar que no puede ser considerado como la única causa o factor explicativo de esta situación. Retomaremos este punto más adelante.

¿Qué es  el conformismo social?

Al hablar de conformismo nos referimos a la tendencia de los humanos para cambiar sus percepciones, opiniones y conductas en formas que sean consistentes con las normas de los grupos a los que pertenecen (Sheldon, 2011); ya sea por la influencia real o imaginada de los otros (Aronson, Wilson, Akert y Sommers, 2016; Sorrentino y Hancock, 1980). Es decir, el conformismo alude a las presiones para actuar de según las reglas que indican como deberíamos o tendríamos que comportarnos en determinadas situaciones. Estas reglas, sean tácitas o explícitas, son conocidas como normas sociales, y pueden ejercer efectos poderosos en nuestra conducta.

Las leyes de cada país, los reglamentos deportivos, las señales de tránsito, etc., constituyen ejemplos de normas sociales explícitas, y describen la conducta que se espera de los individuos en esas situaciones (los gobiernos esperan que sus habitantes no roben o maten, en el baloncesto se espera que los jugadores realicen los pases de acuerdo a como se establece en las reglas de juego y los conductores deben conducir dentro de los límites de velocidad establecidos por las señales de tránsito). Existen otras situaciones en las que las normas son más sutiles y han surgido de una forma más bien informal. Por ejemplo, implícitamente sabemos que no es apropiado reírse a carcajadas en un funeral o hablar ruidosamente por teléfono en lugares donde pueden molestar a otras personas, como hospitales o bancos. Sin importar si estas reglas son implícitas o explícitas, tienen algo en común: muchas personas las siguen la mayoría del tiempo (Michaeili y Spiro, 2015).

Hasta aquí, parece que el conformismo es bastante positivo porque facilitaría la cooperación y convivencia social. Pocos dudarían que desobedecer ciertas normas es algo bueno; por ejemplo, matar injustificadamente a otros humanos. Además, alguien que ríe en un funeral sin consideración por lo inapropiado de su conducta en ese contexto particular, puede causar molestias a otros de los presentes. Pero ¿qué pasa cuando obedecer las normas trae consigo dañar a otros individuos directamente? El conformismo puede tener un aspecto negativo porque nuestras acciones, influenciadas por el comportamiento de otras personas, pueden repercutir para mal en otros, siendo común que se ignore este impacto negativo (Grajzla y Baniakb, 2014). Hablamos, por supuesto, de los animales no humanos víctimas de explotación. Dejaremos la discusión sobre este punto para más adelante. Mientras tanto, puede ser útil mencionar un ejemplo de conformismo en un escenario particular.

Los psicólogos sociales de los años 60’s y 70’s parecían estar muy motivados por estudiar el fenómeno del conformismo social. Los trabajos clásicos y muy representativos de Milgram son un ejemplo de ello. Pero también las investigaciones realizadas por Solomon Asch (1961). En sus experimentos, Asch reunía a un grupo de estudiantes en un salón y les indicaba que tendrían que comparar pares de líneas. Para hacerlo, les mostraba dos tarjetas, una de las cuales mostraba una línea vertical y en las otras tres líneas verticales de distinta longitud. Los participantes tenían que indicar cuál de las tres líneas mostradas en la segunda tarjeta tenían la misma longitud que la expuesta en la primera. Lo interesante del experimento es que todos los individuos eran cómplices de Asch, excepto uno que era el sujeto experimental, quien debía dar su opinión luego de haber escuchado la mayoría de respuestas de los otros participantes. Cuando éstos indicaban de forma unánime e intencional una respuesta incorrecta, el sujeto experimental (aquel que no era cómplice) cedía a la presión del grupo e indicaba una respuesta incorrecta, aun cuando pudiera estar seguro de que la respuesta era otra. Por lo tanto, la presión social se había impuesto. El experimento puede ser visto acá.

asch
Ejemplo de tarjetas usadas por Asch en sus experimentos

¿Por qué nos conformamos?

Como hemos visto, es más que evidente que las normas sociales y la presión social para seguirlas influencian la conducta individual y la consiguiente toma de decisiones en una gran variedad de situaciones, desde aquellas más triviales hasta las que implican decisiones políticas (Michaeli y Spiro, 2015). Supongamos, por un momento, que en una situación social determinada (como lo es la participación de la explotación animal) en la cual existe una norma social específica (es aceptable usar a otros animales para nuestros fines, porque el humano es superior) cada individuo tiene una opinión privada sobre esta situación, y cada uno de ellos debe dar su punto de vista al respecto, desde quienes están de acuerdo, los que piden justicia solamente para ciertos animales, hasta los que se oponen a toda forma de explotación animal, entre otras variaciones. Una persona cuya opinión difiera en gran medida de las normas sociales tiene que considerar el “sacrificio” que debe hacer entre no seguir ese consenso y la expectativa de comportamiento y el “costo psicológico” de mantener una opinión diferente a la que realmente sostiene en privado (ser rechazado o recibir burlas vs actuar según la idea de que debemos respetar a otros animales).

r
“De repente me pareció que debía hablar por teléfono”

Para comprender lo anterior, se han propuesto varios mecanismos que explicarían razonablemente porqué nos conformamos a las normas sociales. Acá nos centraremos en los dos más estudiados.

Influencia normativa

Ocurre cuando expresamos nuestras opiniones o nos comportamos de formas que satisfagan las expectativas o deseos de otras personas.  La motivación que subyace a estos casos de conformismo es, bien la necesidad de aprobación, bien de evitar rechazo por parte de otros (Stangor, 2011). Puesto que somos animales sociales, el ostracismo, por lo general, no nos sienta nada bien. Existe cierta evidencia relacionada con la influencia normativa; por ejemplo, aumenta en situaciones en las que otros son más probables de notar y desaprobar la conducta desafiante, y  disminuye en ausencia de estos factores (Packer, 2012). De forma similar, las personas son más propensas a conformarse con las normas colectivas cuando valoran al grupo en el cual se encuentran insertas, o cuando perciben que dicho grupo las aprecia. Un ejemplo de esto puede ser, discriminar a personas por su orientación sexual simplemente porque el grupo o contexto en el cual nos encontramos considera (por normas sociales)   que este tipo de discriminación es correcta. O bien, que participa en la explotación de otros animales simplemente porque la mayoría de personas lo considera justificable, y no quiere ser visto como el “raro” que se opone a dichas prácticas. Cualquier vegano sabe más o menos que esto es así.

Influencia informacional

Mediante este tipo de influencia las personas se conforman porque quieren decir cosas acertadas, y asumen que cuando otras personas están de acuerdo en algo, entonces deben estar en lo cierto. Esto quiere decir que cambiamos nuestras opiniones o conducta para conformarnos con lo que otros dicen porque creemos que tienen información certera y precisa y que su interpretación de una situación, algunas veces ambigua, es la correcta y puede ayudarnos a escoger un curso de acción apropiado (Aronson et al., 2015). Este tipo de conformismo es el resultado de la comparación social; es decir, de comparar nuestras opiniones con la de aquellos otros para lograr una valoración más adecuada de la validez de una opinión o conducta.  Este tipo de conformismo puede llevar a cambios duraderos en nuestras creencias (Stangor, 2012).

Si bien la consideración moral a otros animales es un tema que ha venido ganando mayor interés por académicos de diferentes áreas, lo cierto es que la ideología dominante es la que establece que hay algo en los humanos que nos faculta y legítima para explotar a otros animales; por lo tanto, no es de extrañar que muchas personas decidan creer que esto es cierto basándose en la opinión de aquellos a quienes consideran que tienen información de mayor peso al respecto. Por supuesto que puede haber otras cosas que influyan en esta decisión (deshonestidad intelectual, ignorancia sobre determinado tema, intereses personales, sesgos de confirmación, entre muchos otros más); pero lo cierto es que la influencia informacional puede tener un papel importante en dicho proceso.

Cultura y conformidad

Por cuestiones de geografía los humanos podemos vivir en entornos sumamente variados, desde ciudades sumamente pobladas a junglas o desiertos calcinantes. Hemos desarrollado una gran variedad de idiomas, y a lo largo de los siglos han surgido diferentes religiones a las que muchas personas adhieren. Unidas por diferentes factores: momento histórico y espacio geográfico, cada cultura tiene su propia ideología, arte, modas, comidas tradicionales, leyes, costumbres y formas de expresarse. No sería de extrañar que cada una haya desarrollado ciertas normas particulares sobre cómo debemos comportarnos o qué tipo de cosas debemos creer y cuales deben de ser nuestros puntos de vista sobre determinados eventos. Razón por la que dichas normas sociales pueden variar de un lugar a otro. Tampoco sería de extrañar que cada haya desarrollado ciertas actitudes que favorecen la independencia y autonomía de sus miembros para tener opiniones propias, o, por otro lado, la interdependencia, cooperación y “armonía social” entre individuos y el favorecimiento de las opiniones colectivas a costa de las propias. La primera se conoce como individualismo y la segunda como colectivismo (Kassin, Fein y Markus, 2011).

Anteriormente mencionamos que debido a nuestra naturaleza social el ostracismo nos afecta negativamente. Y esto es cierto. En estudios controlados se ha visto que cuando se somete a ostracismo a otras personas; por ejemplo ignorándolas o excluyéndolas de conversaciones en salas de chat, muchos muestran enojo y resentimiento (Williams et al., 2002). Incluso que nos dejen de responder mensajes de texto puede provocar estas reacciones (Smith y Williams, 2004). Desafiar una creencia tan arraigada y extendida como el especismo puede provocar esta clase de comportamientos en individuos que no son veganos. La presión social y las burlas pueden ser tan fuertes que muchos individuos continuarían participando de dicha explotación, aun y cuando consideren que esta es cuestionable. Abundan los ejemplos de esta clase de burlas, motivadas en muchas ocasiones, por lo que se conoce como el “do-gooder derogation” (Minson y Monin, 2011).

Conformismo y especismo

Al intentar explicar la conducta debemos ser cautos y evitar creer que una causa es la única suficiente para explicar determinados comportamientos como si de una “bala mágica” se tratara. Nuestra conducta puede estar influida por una gran variedad distinta de determinantes (Stanovich, 2013). Con esto en mente, hemos sido claros al señalar que el conformismo no es lo único que explica por qué muchas personas continúan participando en la explotación de otros animales. Pero si es cierto que considerando lo que se ha expuesto, puede contribuir a una mejor compresión de la situación.

Vimos que en muchas situaciones actuamos acorde a las expectativas de otros o bien basándonos en las creencias que sostengan los demás. Esto puede ser contraproducente en muchas situaciones; los experimentos de Milgram (mencionados anteriormente) son un ejemplo de ello. Además, la historia de la ciencia también nos puede proporcionar ejemplos muy interesantes sobre como las creencias de otros individuos (a pesar de ser mayoría) estaban equivocadas. Antes se pensaba que la Tierra era plana o bien que era el centro del Universo (Okasha, 2007). Ahora sabemos que esto no es así. Por fortuna hubo individuos que no se conformaron con estas creencias y las desafiaron con evidencia y razonamientos muy poderosos.

La influencia cultural puede tener un peso muy importante en nuestras decisiones, opiniones y creencias. Eso está claro. Pero también está claro que podemos cuestionar muchas de las normas o prácticas culturales difundidas en cada cultura y sociedad. Y de hecho, muchos individuos ya lo han hecho. La oposición a la ablación o a la esclavitud humana ha sido llevada a cabo por sujetos que desafían las normas predominantes de cada época, aunque en algunos casos esto implique hacerlos ver como sujetos con algún tipo de trastorno psicológico. En el caso del veganismo es aún más complicado porque las leyes de cada país aprueban la explotación de otros animales, el comercio y muchas actividades dependen directamente de dicha explotación y la mayoría de individuos no son veganos. Un escenario así, en el que hay una fuerte influencia de la mayoría (Branscombe y Baron, 2017) puede afectar el conformismo individual y representar un obstáculo para la difusión del veganismo.

No obstante, si tomamos en cuenta que este conformismo a determinadas normas sociales puede afectar negativamente a otros individuos sintientes (considerando que tenemos muy buenas razones para respetar a dichos individuos), entonces, lo esperable sería que nos opongamos y que contribuyamos a que sean cada vez más quienes cuestionen nuestra relación con los animales no humanos, hasta ahora marcada sobre todo por un implacable sometimiento.

Referencias

Aronson, E., Wilson, T., Akert, R., y Sommers, S. (2016). Social psychology (9 ed.). Estados Unidos: Pearson Education.

Asch, S. (1961). Issues in the Study of Social Influences on Judgment. En Berg, Irwin A. (Ed); Bass, Bernard M. (Ed). Conformity and deviation , (pp. 143-158). New York, NY, US: Harper and Brothers, viii, 449 pp. http://dx.doi.org/10.1037/11122-005

Branscombe, N., y Baron, R. (2017). Social Psychology (14 ed.). Inglaterra: Pearson Education.

Grajzla, P., y Baniak, A. (2012). Mandating behavioral conformity in social groups with conformist members. Journal of Economic Behavior & Organization, 82, 479– 493. doi: 10.1016/j.jebo.2012.02.019

Hancock, R., y Sorrentino, R. (1980). The effects of expected future interaction and prior group support on the conformity process. Journal of Experimental Social Psychology, 16(3), 261-269.

Kassin, S., Fein, S., y Markus. (2011). Social Psychology (8 ed.). Wadsworth: Wadsworth, Cengage Learning.

Michaeili, M., y Spiro, D. (2015). Norm conformity across societies. Journal of Public Economics, 132, 51–65. doi: 10.1016/j.jpubeco.2015.09.003

Minson, J., y Monin, B. (2011). Do-Gooder Derogation: Disparaging Morally Motivated Minorities to Defuse Anticipated Reproach. Social Psychological and Personality Science, 3(2), 200 – 207 doi: 10.1177/1948550611415695

Okasha, S. (2007). Una brevísima introducción a la filosofía de la ciencia. México: Editorial Océano.

Packer, D. J. (2012). Conformity and obedience. En Ramachandran, V.S. (Ed.)., Encyclopedia of Human Behavior, (2 ed.). San Diego: Elsevier

Sheldon, K. (2011). Conformity.

Smith, A., y Williams, K. D. (2004). RU there? Ostracism by cell phone text messages. Group Dynamics: Theory, Research, and Practice, 8, 291–301.

Stangor, C. (2011). Principles of Social Psychology: Flat World Knowledge.

Stanovich, K. (2013). How to Think Straight About Psychology (10 ed.). Estados Unidos: Pearson Education.

Williams, K. D., Govan, C. L., Croker, V., Tynan, D., Cruickshank, M.,  Lam, A. (2002). Investigations into differences between social- and cyberostracism. Group Dynamics: Theory, Research, and Practice, 6, 65–77

Anuncios