La palabra con “V”

Cuando recién se empieza en el veganismo (no en todos los casos) llegamos con la idea “inocente” de  algo que se suele decir muy a menudo: “todos estamos en el mismo barco”. Y  que “todos perseguimos el mismo objetivo”, “Nos preocupa la situación de los animales” ¿no? Pues resulta que, aunque a simple vista así lo parece, lo cierto es que hay opiniones fuertemente encontradas sobre cómo se debe proceder para que los intereses de otros animales sean respetados y sea cada vez más la cantidad de personas que rechazan su explotación. Siendo esta la justificación de lo que aquí trataremos, primero se presentará un panorama general sobre las posturas que han predominado en el debate: el bienestarismo y neobienestarismo por un lado, y el abolicionismo por el otro. Seguidamente, y es lo que primordialmente motiva esta entrada, discutiremos sobre las famosas “campañas monotemáticas” y su presunta utilidad para difundir el mensaje del veganismo.

Dos bandos encontrados

Dos posturas contrarias han dominado las discusiones sobre el estatus y consideración moral de los animales no humanos: el bienestarismo y los derechos animales. El bienestarismo, por un lado, sostiene que los humanos no hacen nada malo al utilizar  a otros animales si los beneficios obtenidos superan los perjuicios causados a estos animales (Bekoff, 2010). Es decir, se considera que es moralmente aceptable, en ciertos casos, matar animales o producirles sufrimiento en la medida en que todas las precauciones sean tomadas para hacerlo de la manera más humanitaria posible (Rúa, 2016). Esto, en parte, puede estar influenciado por la idea de Singer (1999) de que los animales no humanos tendrían un interés en no sufrir, pero no en continuar viviendo.  Como queda de manifiesto, lo importante, según esta posición, es que se otorgue un “trato humanitario” a los demás animales, y que con ello se mejoren sus condiciones de vida (Posluszna, 2015) mientras continúan siendo explotados por los seres humanos.

Una postura más reciente, denominada “neo-bienestarismo” es defendida por quienes consideran que si bien las regulaciones de bienestar animal son limitadas en algún punto en el futuro llevarán a la abolición de la explotación animal, o a una reducción significativa de ella (Francione y Garner, 2010). También es considerada como una estrategia más “realista” con objetivos más alcanzables (Waters, 2015). Esto porque según algunos, los humanos simplemente no dejarán de explotar a otros animales (generalizamos para efectos prácticos) y el público en general no está dispuesto a adoptar el veganismo y rechazar el especismo, las reformas bienestaristas se presentan como una solución responsable y sensata para paliar la realidad de estos animales (Wrenn, 2016). Dicho en pocas palabras: la postura neobienestarista asume que las reformas mejorarán de forma gradual el estatus de los animales no humanos y aumentarán la preocupación del público general hasta llegar a la abolición (a largo plazo).

Cotelo (2013) ejemplifica esta postura de la siguiente manera:

“Supongamos que una asociación en defensa de la mujer no cuestiona la dominación del hombre a la mujer ni los malos tratos y apoya a su vez las violaciones; y que, además, se autodenomina defensora de los derechos de la mujer por el hecho de oponerse a los maltratos excesivos o a las violaciones sin preservativo. Probablemente esta asociación lograría disminuir en algunos casos concretos el sufrimiento. Pero lo cierto es que la sociedad, al ver cómo ese tipo de grupos consigue pequeños pasos, reforzaría su idea de que el problema reside en una dominación excesivamente cruel y no en la propia opresión de la mujer. Si existiese una organización que utilizase dicha estrategia, las asociaciones realmente preocupadas por la mujer la criticarían en público”.

La perspectiva de los derechos animales, por el contrario, sostiene que la explotación animal es moralmente incorrecta y debería abolirse; las consideraciones centradas en qué tanto dolor se infringe y qué tan mal se les trata pierden de vista el punto central. Debido a que los demás animales no debieran ser explotados en primer lugar las preguntas sobre el sufrimiento son innecesarias (Bekoff, 2010). Esto quiere decir que sin importar que tan bien sean tratados los animales explotados, ellos no deberían ser utilizados como medios para fines humanos (Regan, 1983). El enfoque abolicionista sostiene que la explotación animal debe ser abolida y no regulada porque es injustificable moralmente. Por lo tanto, el veganismo se considera la base moral y el foco primario para el activismo y la difusión (de ahí el nombre de éste blog ¿a que no se lo imaginaron?). De esta manera, se rechaza el bienestarismo (Bekoff, 2010) y se señala que lo primordial es erradicar el estatus de propiedad que actualmente tienen los animales no humanos para que sus intereses sean respetados, entre ellos, su bienestar, continuar su vida, socialización, entre otros (Francione, 1996; Rúa, 2016; Vázquez y Valencia 2016). Resumido: el enfoque abolicionista se basa en la educación vegana para movilizar el cambio de paradigma necesario para rechazar la explotación animal y facilitar la base política para considerar los intereses de los animales no humanos (Wrenn y Johnson, 2013).

Captura
Diferencia de posturas dependiendo de objetivos que persiguen

Las distinciones que acabamos de hacer son importantes porque permiten comprender la lógica que subyace a la estrategia utilizada  por los activistas que adhieren a una u otra postura. Esto repercutirá básicamente en todo: el tipo de materiales a elaborar, el mensaje plasmado en ellos, el tipo de campañas que promoverán, etc. Y sobre estas campañas hablaremos a continuación.

La manzana de la discordia

Una campaña monotemática es aquella que se centra en denunciar usos particulares de animales o en una especie particular e identifica determinadas formas de tratarlos con el objetivo de reformar o terminar ese uso. Usualmente, son campañas que buscan recaudar fondos y, estas logran captar la atención del público porque son fáciles de apoyar, por lo tanto, reciben donaciones (Wrenn y Johnson, 2013).  Tenemos varios ejemplos de este tipo de campañas: 1, 2, 3 . Podríamos seguir enumerándolos, pero la lista se volvería eterna.

Wrenn Johnson y (2013) señalan que este tipo de campañas pueden ser categorizadas de tres formas:

  • Campañas monotemáticas que son utilizadas por grupos (neo) bienestaristas sin una base abolicionista.
  • Campañas monotemáticas que son utilizadas por grupos abolicionistas en un contexto abolicionista, pero dirigidas a acabar una forma de explotación concreta (tauromaquia, caza, vivisección, etc.).
  • Temas relativos a la explotación de ciertas especies para dirigir la atención del público hacia un discurso abolicionista

Svard (2011) nos presenta las diferencias de forma muy didáctica:

Respuesta del bienestarismo a la explotación animal:

¿Qué tipo de situación es esta?

La crueldad animal ocurre porque las leyes de protección no son debidamente seguidas y el sistema que lo controla falla en esta regulación

¿Qué tipo de persona soy?

Soy una persona que no quiere que los animales sufran y creo que deben de ser protegidos

¿Qué hace una persona como yo en una situación como esta?

Expreso mi enojo contra la crueldad animal a mi familia y amigos. Estaría feliz firmando una petición contra el abuso animal y podría donar algo de dinero para ayudar.

Respuesta de los Derechos Animales a la explotación animal

¿Qué tipo de situación es esta?

Vivimos en una sociedad especista en la que los animales son reducidos a simples recursos para que los humanos los usen y saquen provecho. Este sistema menosprecia los intereses de los animales no humanos y es moralmente indefendible.

¿Qué tipo de persona soy?

Soy una persona que se toma en serio los intereses y derechos de los demás animales. Soy parte de un movimiento que desafía miles de años de hegemonía especista

¿Qué hace una persona como yo en una situación como esta?

Cuestiono el sistema de opresión y me opongo a él. No consumo ni participo en actividades que exploten a otros animales y aliento a otros a que hagan lo mismo.

Es decir, una postura abolicionista utilizaría, por ejemplo, el caso de los animales explotados en la industria de alimentación (o cualquier otra forma de explotación) para señalar como esa actividad es el resultado de un prejuicio especista imperante en nuestra sociedad, y como, a raíz de ese prejuicio, consideramos que está bien utilizar a otros animales para una variedad de propósitos; ya sea para alimentarnos, vestirnos con sus pieles, cazarlos, torturarlos para nuestro entretenimiento, etc. Y, además, promovería el veganismo como la solución a esa problemática.

Problemas con las campañas monotemáticas

Aquí se abordarán unas de las objeciones más comunes que se han hecho, especialmente cuando se utilizan bajo un contexto que no adhiere al veganismo como base moral.

Este tipo de iniciativas han sido criticadas por diferentes autores que cuestionan los fundamentos teóricos y prácticos de las campañas monotemáticas. Vimos que fallan en señalar el problema que subyace a la explotación animal (Svard, 2011) y que es el origen de la misma: el especismo (Wrenn y Johnson, 2013) y, por consiguiente, la dominación que ejercemos sobre los demás animales (Hall, 2006). Y no solo eso, generalmente evitan mencionar y promover el veganismo como  el medio más apropiado para erradicar la explotación animal (Wrenn, 2016). No es algo que nos estemos inventando; de hecho, algunas de estas organizaciones señalan que lo mejor es no usar la palabra con “v”, o sea, veganismo porque la gente mostrará rechazo

Dunayer (2004) señala que:

“La defensa explícita de los derechos animales y su emancipación debe ser extendida. De otra manera, cada batalla contra el abuso especista será peleada de forma separada. Ahora, un grupo trabaja para volver ilegal la caza de osos; otro trabaja para acabar la matanza de caballos; otro trabaja para que no se construya en una universidad una instalación destinada a prácticas de vivisección… Sin embargo, hasta que sean más los grupos que aboguen por los derechos de todos los animales, cada abuso será difícil de combatir, y la lista de abusos permanecerá desesperanzadoramente larga” (p. 159).

De forma similar, Marcos (2007) menciona:

“En términos de práctica real, los activistas pro-liberación animal pretenden tener éxito en sus campañas de reforma en lugar de desafiar de forma general al sistema en su totalidad. Les entusiasma celebrar sus autoproclamadas victorias  Una granja peletera se cierra. Un laboratorio de vivisección va a la quiebra. Sin embargo más tarde, la granja peletera reaparece en otro lugar, con otro dueño en cuanto la industria de la moda vuelve a introducir la piel en el mercado”.

La observación de Marcos (2007) es de especial importancia, y es lo que cabría esperar sino se ataca el problema de raíz: que la actividad de explotar animales se reinvente, se traslade de lugar o que mejore sus procedimientos debido a los reclamos constantes de las personas preocupadas porque no se cumplen las regulaciones debidas.

Otra situación que surge es que, adrede o sin querer, establecen una jerarquía de usos más condenables que otros (Wrenn y Johnson, 2013). Así, tenemos a personas que se oponen a la tauromaquia, la caza y el uso de pieles, pero no tienen ningún reparo en comer a otros animales. O bien, difunden la idea de que comer carne es peor que consumir lácteos, huevos, miel, y derivados. Y ahí  es donde surgen cosas como un inventario para medir el “carnismo” en las personas (Monteiro, Pfeiler, Patterson, y Milbun, 2017). Si consideramos que todas estas actividades están motivadas por el prejuicio especista, entonces deberíamos suponer que todas estas formas de explotación son igualmente injustificables, y que no existe una diferencia moralmente relevante entre consumir carne o vestir pieles. Esto es lo mismo que si nos oponemos al racismo, entonces no encontraremos una diferencia justificada para no discriminar a personas afrodescendientes, pero si a personas asiáticas, latinas, etc.

Muchas organizaciones que son (neo) bienestaristas cuentan con suficientes recursos para dirigir sus propias investigaciones en las que justifican que su “estrategia” es superior. Estas investigaciones, han generado ciertas dudas sobre su autenticidad, ya sea en relación a aspectos metodológicos, como puede revisarse acá y acá. Y otras referentes a la ausencia de conflictos de interés. Eso es como, que una organización que no difunde el veganismo (en algunos casos usan el termino veganismo pero es ambiguo), dirija una investigación para encontrar evidencia de que su enfoque es mejor que uno basado en la educación vegana; más o menos igual a que una organización antivacunas realice una investigación para ver si las personas se harán pro-vacunas luego de leer su material promocional, o una organización religiosa dirija una investigación para determinar si la gente se volverá atea luego de leer sus panfletos. Además, es interesante como en dicha investigación se refieren a un enfoque que difunde el veganismo como “purista”; desde ahí se empiezan a ver claros sesgos por parte de sus investigadores.

De peticiones, donaciones y correos basura…

Ahora quisiéramos abordar otras objeciones a estas campañas ya no a nivel teórico sino centradas en los efectos que pueden tener en las personas a quienes van dirigidas. Claro está que repercute en el avance para la promoción del veganismo.

Si ingresamos a la página de alguna organización (neo) bienestarista, rápidamente nos vamos a enterar que podemos afiliarnos para recibir correos sobre campañas para acabar con determinado uso, para ampliar el tamaño de las jaulas de gallinas, etc. También, encontraremos opciones que nos permiten donar dinero a dicha organización. Al haber tantas y tantas opciones de campañas y peticiones, puede surgir lo que se conoce como fatiga por toma de decisiones. Este fenómeno ha sido definido como un sesgo que surge por la limitada reserva de energía con la que cuentan las personas para tomar decisiones y que se agota cada vez que hay que decidir sobre algo (Polman y Vohs, 2016); lo que podría inducir a una falta de motivación que aparece cuando alguien es presentado con muchas opciones (Iyengar y Lepper, 2000) y a una pobre capacidad de autocontrol (Vohs, et al., 2008) que a su vez puede ser contraproducente para motivar a un cambio conductual porque muchas opciones disponibles pueden ser negativas a nivel psicológico; algo que se conoce como paradoja de decisión (Schwartz, 2005). La fatiga por toma de decisiones explicaría, en parte, porque las personas toman decisiones menos éticas a lo largo del día a media que la “reserva de energía” y los recursos autoregulatorios necesarios para dichas decisiones se van agotando (Kouchaki y Smith, 2014). Entre varias opciones, la persona escogería la que mas le agrade o la que menos cambios conductuales implique para su vida.

También se ha visto que las personas pueden presentar un “colapso en sus emociones” cuando se les presentan demasiados asuntos o problemas que afectan a otros individuos (Cameron y Payne, 2011), y, como consecuencia, puede causar una incapacidad para comprender, a nivel emocional, estas situaciones (Slovic, 2007). Con esto en mente no es difícil suponer por qué las campañas monotemáticas pueden tener efectos negativos en la audiencia y en el avance de la liberación animal. Como señalan Wrenn y Johnson (2013) “si las organizaciones simplificaran sus reclamos y se centraran en el antiespecismo de forma integral, liberaría a las audiencias potenciales de la carga asociada a la competencia entre muchas áreas de preocupación e interés” (p. 658).

Se ha observado que las personas tendemos a tomar decisiones que impliquen menos costos y riesgos (Kahneman y Tversky, 1983) por lo que, en términos de campañas monotemáticas esto explicaría, por un lado, por qué las organizaciones se centran en este tipo de iniciativas; son menos riesgosas puesto que la gente las apoyará y dará donaciones para acabar con determinados usos socialmente reprobables ─como la industria peletera─ lo que se traduce en mayores ingresos económicos. El veganismo se convierte en una alternativa demasiado riesgosa porque no hay certeza del resultado (Kahneman y Tversky, 1983) mientras que una campaña para acabar con la tauromaquia, por ejemplo, muestra menos incertidumbre sobre el apoyo del público.

¿Entonces?

Vimos que el movimiento de los Derechos Animales es, contrario a lo que parece a simple vista, bastante heterogéneo, ya sea a nivel teórico o práctico (en las estrategias utilizadas para difundir los mensajes). También revisamos que hay un debate en torno a si utilizar o no campañas monotemáticas, es decir, centradas ya sea en la abolición de un uso concreto o en la reforma de un uso, como mejorar las condiciones de las vacas en los mataderos (a lo Temple Grandin). Pudimos apreciar que estas campañas y los reclamos asegurando que se basan en evidencia presentan dudas metodológicas y de posibles conflicto de intereses en sus investigadores.  Luego de explorar algunos hallazgos empíricos, también nos dimos cuenta de que pueden inducir a fatiga por toma de decisiones y a una saturación emocional que pueden ir en detrimento de un cambio conductual; especialmente cuando este cambio conductual ni siquiera es claramente mencionado (adoptar el veganismo).

Entonces, en lugar de diseñar campañas, campañas y más campañas, con todos los problemas que esto trae consigo, se puede promover directamente el veganismo como la solución a todas las formas de explotación animal; desde la tauromaquia, la industria peletera, el consumo de animales para explotación, entretenimiento… Si bien esta táctica no traería mayor número de gente como probablemente si lo haría una que divida cada forma de explotación por separado, puede traducirse en una mayor difusión del veganismo (Wrenn y Johnson, 2013), y en que cada vez más personas se interesen en el tema. Esto es de especial importancia si tenemos en cuenta que la adherencia al veganismo es mayor si es por motivos éticos (Hoffman, Stallings, Bessinger y Brooks, 2013).

Fetissenko (2011) nos dice, y consideramos que está en lo correcto, que las proclamadas victorias por las organizaciones animalistas se han limitado a reformas menores en áreas en las que los votantes u otras personas no tuvieron que renunciar a algo de importancia para ellos. Estas supuestas victorias, además, son dudosas puesto que no tenemos evidencia de que estemos más cerca de abolir la explotación animal (Bekoff, 2010). Por lo anterior, consideramos que un enfoque abolicionista que rechace completamente las campañas monotemáticas y la explotación animal, promete un cambio en la ideología especista y en provocar un aumento gradual del número de personas veganas que se convertirá en una base política y social lo suficientemente fuerte y relevante para inducir un cambio de paradigma y así lograr las transformaciones necesarias para tomar en serio los derechos e intereses de otros animales.

“Si realmente queremos desafiar la explotación de los ani­males, nuestro activismo debe centrarse en estos aspectos; en eliminar la noción de propiedad y la modificación (de los ani­males) que conlleva” (Torres, 2014).

Referencias

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